13 de jul. de 2012

El bibliotecario del futuro: la enseñanza de Melvil Dewey

No es imposible que el relanzamiento del ideal del humanismo en la tarea bibliotecaria despierte cierta incomodidad entre quienes desarrollan la actividad desde hace años o entre quienes han recibido una educación eminentemente técnica. Más que nunca es entonces necesario mantener serenidad de pensamiento para distinguir con precisión lo que implica y lo que no implica el proponer aquí como ideal, es decir, como dirección en la que resultaría provechoso ordenar la acción, la formación de bibliotecarios humanistas. Si bien es cierto que implica privilegiar el estudio a la acumulación de información y el amor por el conocimiento a la mera capacitación técnica en la búsqueda, el privilegio del perfil humanista del bibliotecario no implica una apología del desconocimiento de técnicas de catalogación o de sistemas de clasificación, y mucho menos el rechazo a instrumentos derivados del desarrollo de nuevas tecnologías. De la exhortación a que el bibliotecario procure producir trabajos de investigación en alguna rama del saber (que puede muy bien ser también la bibliotecología) no se desprende que esté autorizado a desconocer las reglas de catalogación o de descripción bibliográfica (Vaticanas, AACRI, AACRII, ISBD), ni que tenga derecho a descuidar su conocimiento de sistemas de clasificación (Brunet, Hartwig, SCDD, CDU, LCC, Regensburg Classification Scheme), aun cuando el ejercicio de la profesión actualmente no le exija con gran frecuencia su uso. También ha de conocer en lo posible los diversos formatos estandarizados para el registro bibliográfico (MARC, UNIMARC, FOCAD, CEPAL, etc.) y la dinámica de bancos internacionales de registros bibliográficos (OCLC). Que el universo de Internet resulte confuso (y hasta angustiante) no autoriza al bibliotecario a ignorar sus múltiples selvas. Por el contrario, como buen baquiano, ha de saber abrirse paso por entre el espesor de los frondosos bosques virtuales y llegar a destino con pericia, no perdiendo nunca el fin con que se lanzó a la búsqueda. Del mismo modo, el bibliotecario que aspire a conocer bien las existencias de un fondo bibliográfico, no sólo ha de saber cómo han sido catalogados los libros en los últimos años sino que ha de conocer también (y bien) la historia de la catalogación en general y de la institución que las alberga en particular. Igualmente necesario es estimular la particularidad de cada aspirante a bibliotecario. Lo común sólo es reconocible (y valorable precisamente en tanto mediador de la comunicación) en lo diverso, por lo que el carácter uniforme de la educación resultará enriquecido mediante el fomento y desarrollo del carácter individual de cada aspirante a bibliotecario. Inquietudes que tienen su origen en el carácter particular o en la biografía de cada persona pueden ser potenciadas si son estimuladas. De tal forma, si un aspirante a bibliotecario se encuentra interesado en la preservación ha de ser apoyado a través de prácticas profesionales mediante las cuales resulten desarrolladas sus inquietudes. Si, por ejemplo, a algún bibliotecario en formación le inquieta la legislación en torno al universo del libro ha de estimularse su aptitud e interés para con las cuestiones legales relacionadas con el mundo del libro, sin reparar demasiado en la aplicación concreta e inmediata que los conocimientos adquiridos o la protoinvestigación desarrollada puedan tener. La formación de bibliotecarios debe ser diseñada no tanto en función de las necesidades inmediatas de las instituciones existentes sino más bien procurando proveer profesionales idóneos para la solución de problemas futuros, ignorados naturalmente en su carácter de aún no planteados, y debe hacérselo desde la confianza en que la propia dinámica vital (a través de sus invisibles senderos) irá aprovechando del mejor modo posible las particularidades estimuladas, las que se verán favorecidas en la medida en que la formación se concentre más en desarrollar habilidades y capacidades anímicas que en la acumulación de información acrítica o pasible de ser dogmatizada. No sería de extrañar que un bien formado bibliotecario-jurista participe algún día de una profunda modificación y mejora del control de publicaciones de la Nación o de la efectiva puesta en funcionamiento de, por poner un ejemplo, la a menudo avalada legalmente pero nunca cumplida publicación de la bibliografía nacional argentina. Imaginemos una nación nutrida por bibliotecarios- informáticos, bibliotecariosfísicos, bibliotecarios-historiadores del arte, bibliotecarios-herbolarios, bibliotecariosmédicos, bibliotecarios-arquitectos, e imaginemos luego a esa masa de especialistas recorriendo las ciudades e insertándose laboralmente donde sean convocados, o donde puedan o allí donde su interés los dirija. En los lugares adecuados esos intereses y aptitudes florecerán y con mayor facilidad todavía desarrollarán sus tareas de servicio y de docencia, formal o informal, según les toque en suerte. Así, finalmente, unas pocas palabras han de bastar para caracterizar al bibliotecario propuesto desde la perspectiva aquí fundamentada. Ante nada tal bibliotecario deberá tener presente que es un profesional al servicio del lector, no al servicio del libro. En ese sentido procurará considerar al libro como el instrumento más preciado de ese servicio. Como guiar al lector será su principal objetivo, procurará mejorar permanentemente su formación humana y profesional, y ello en particular relación con el perfil específico que su institución requiera. Entretanto no olvidará jamás el estudio de alguna disciplina que le resulte afín, y procurará repartir su tiempo entre la atención al público y el aprendizaje de nuevas técnicas y materias. Será asimismo capaz de encarar proyectos institucionales que excedan lo estrictamente bibliotecológico o bibliotecario, y no temerá involucrarse en asuntos prácticos, aun teniendo que enfrentar problemas de índoles que le son en principio desconocidas. Sólo así el bibliotecario podrá cumplir un servicio pleno par a con su comunidad, de lo contrario correrá el riesgo de convertirse en un inmerecido beneficiario de ésta. Tales bibliotecarios han de poseer también una gran capacidad de adaptación (pero ello no como virtud absoluta sino como virtud funcional a su actitud de servicio y de apertura al continuo enriquecimiento personal), ya que los permanentemente cambiantes instrumentos técnicos le demandarán habilidades permanentes mediante las cuales asir y modificar conocimientos que deberán ser día a día actualizados, cuando no reemplazados. Esa capacidad de adaptación no será posible si el piso de formación desde el que el bibliotecario se enfrenta a lo nuevo no es sólido, y si sus convicciones en torno a la índole de su tarea no son realmente firmes y auténticamente comprometidas con el interés de la sociedad en su conjunto. En ese sentido resulta particularmente esclarecedor el visionario (y ya clásico) discurso de Melvil Dewey, por entonces joven editor del recién creado The American Library Journal y también novel autor de un pequeño opúsculo de 42 páginas que sería la base a la postre del luego más amplio Sistema de Clasificación Decimal Dewey (SCDD). Allí, las encendidas palabras de Dewey, abogan una y otra vez por un bibliotecario que no se limite a la administración de unidades de información, sino que sea capaz además de participar –al mismo nivel que los docentes de las escuelas públicas– como educador de quienes visitan su biblioteca: Directamente opuesta a la idea de Melvil Dewey es una tesis relativamente común entre los formadores de bibliotecarios, claramente expresada por Haroldo Díes en su "Prefacio" a la Introducción a la biblioteconomía de Pierce Butler, en el que se afirma (con la contundencia que además importa el constituir la primera frase de todo un libro) que "las bibliotecas son el archivo de la sabiduría humana". La concepción de la biblioteca como un archivo de la sabiduría presenta a mi juicio dos errores que, de consolidarse en la conciencia del bibliotecario, provocarán una nociva autolimitación en el ejercicio de su profesión. El primer error consiste en concebir a la biblioteca como un archivo, ya que los archivos son fundamentalmente sitios donde se alberga el pasado, en general por precaución o en virtud de la eventual necesidad de que algún dato histórico o burocrático pueda ser requerido en el futuro. Los archivos suelen constituir una suerte de alojamiento no -vital de lo pasado, algo así como cementerios de papeles. De hecho el material de muchos archivos suele ser incinerado periódicamente en virtud de su absoluta inutilidad futura. El segundo error es pensar que la sabiduría humana es archivable. La sabiduría es un estado que el hombre alcanza cuando ha aprendido a vivir, y en ese sentido, no es separable del vivir mismo, como sí lo es por ejemplo el registro escrito de hechos pasados. Más aún, si la sabiduría es transmisible, lo es más bien oralmente (o vitalmente), que en forma escrita. En todo caso puede concebirse a la biblioteca como una viva fuente de estudio y conocimiento, como un medio de acceso al saber, como un espacio conducente hacia una vida sabia. No es en absoluto menor la influencia de tal prejuicio, que, solidificado en el tiempo, lleva a que el bibliotecario así formado no sea capaz de advertir la esencial vitalidad del conocimiento humano, y a que, como compensación ante tal falencia, confunda la posibilidad –hoy casi inmediata– de acceder a estratos fosilizados de la información con el conocimiento mismo. 
Este es un aparte del articulo completo titulado “El futuro bibliotecario Hacia una renovación del ideal humanista en la tarea bibliotecaria” escrito por. Roberto Casazza.
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